La imagen es un póster con un fondo blanco. En la parte superior, varias nubes de color azul claro flotan en el cielo. Entre y alrededor de estas nubes, hay muchos libros abiertos de tapas claras que parecen volar o levitar, evocando la idea de la imaginación y las ideas volando. En el centro de la imagen, en letras grandes y cursivas de color verde azulado, se lee 'Taller de escritura creativa'. Debajo, en letras más pequeñas y negras, se indica 'Coordina: Laura Santiago Díaz'. También hay un libro abierto en la esquina inferior izquierda, reforzando el tema de la lectura y la escritura.

Diana atravesaba la plaza Pío XII con la mano agarrando el culo de Arancha, la chica con la que había bailado y bebido toda la noche. Al final se dieron el lote de manera salvaje, tanto que salieron corriendo del bar para ir a la casa de Arancha, que estaba relativamente cerca. 

No contaban con que no habría ningún taxi ni Cabify por la zona y con la impaciencia echaron a andar mientras se metían mano y se besaban… al menos durante los primeros quince minutos, ahora Diana tiraba de una Arancha que arrastraba los pies y apenas murmuraba unas palabras para indicarle el camino a la casa. 

La miró de arriba a abajo cuando ya estaban terminando de cruzar la plaza, en cuanto la vio en el pub supo que quería liarse con ella: rubia, un poco más alta que ella y canija. «Siempre te buscas las mismas barbies cuando sales», se dijo, poniendo en su mente la voz de pito de su querido amigo Víctor. 

—¿Ahora pa dónde, niña? —preguntó. 

—Cruzamos Herrera Oria, la primera calle a la izquierda, número 32 —respondió con la voz pastosa—. Toma, abre tú cuando lleguemos. 

Arancha sacó las llaves del bolso y se las puso en la mano libre. Diana también iba bastante borracha, pero lo llevaba mejor porque su constitución era mayor, fruto de años de gimnasio, boxeo y running

—Ahora nos vamos a dormir, pero mañana nada te va a librar de que te co…

¡PUM! ¡PUM!

Dos disparos consecutivos la interrumpieron. Por instinto se tiró al suelo, cubriendo con su cuerpo a Arancha. 

—No te muevas —sacó el móvil y marcó el 091. 

—Policía Nacional, ¿en qué puedo…?

—Soy la Inspectora Diana González, número de placa 27481936 —interrumpió—. Necesito apoyo policial en la Plaza Pío XII, se han efectuado dos disparos. Creo que dentro de la Parroquia de San José Obrero. 

—Envío inmediatamente agentes y una ambulancia —respondió el operador—. El más cercano está a unas pocas calles de distancia. ¿Puede darnos más detalles desde su posición?

Diana miró hacia la plaza. Las farolas estaban apagadas, aunque algunas de las casas de los alrededores habían encendido luces. 

—Voy a acercarme un poco, aprovechando que no hay iluminación en la plaza. Silencio el altavoz —se giró hacia Arancha— Quiero que te quedes aquí agachada entre los coches. 

La chica seguía tumbada en el suelo y apenas hizo un pequeño asentimiento con la cabeza. 

Diana avanzó cubriéndose con los setos y los árboles de la plaza. Una sirena sonó llegando y vio como un hombre salía corriendo, se guardaba algo en la espalda y subía a una moto. Cuando arrancó, casi se chocó con el coche patrulla que llegaba por la misma calle. 

—¡Seguidlo! —gritó Diana saliendo de las sombras— ¡Es el autor de los disparos!

Por suerte, los agentes no dudaron, a pesar de que la mujer que les dio la orden iba vestida con una falda muy mini, llevaba el pelo caoba largo alborotado, la blusa mal abrochada y manchada de múltiples bebidas. 

En cuanto la persecución se alejó, Diana cruzó la puerta entreabierta de la parroquia, alumbrando con el móvil. Vio que estaba muy desordenada, como si alguien buscara algo. Avanzó hasta la sacristía del fondo. Al entrar, observó el mismo desorden y el cuerpo de un hombre calvo, regordete y vestido con sotana, en el suelo. El hombre se apretaba un trapo contra el estómago. 

Diana desactivó el silencio del móvil. 

—El primer coche patrulla está persiguiendo al sospechoso, hay un sacerdote herido —dijo— ¿Cuándo llega la puñetera ambulancia?

—Está a menos de tres minutos —informó el operador—. Otro coche patrulla está también más o menos a ese tiempo. 

Diana dejó el móvil encima de la mesa en modo manos libres y se agachó junto al hombre. 

—Tranquilo, soy policía. Los sanitarios están a punto de llegar. 

El hombre intentaba decir algo, pero apenas tenía fuerzas para hacerse oír. Diana acercó el oído a sus labios. 

—¿Es usted una mujer de fe?

—Hace unos años que no voy a misa, supongo que se podría decir que sí. 

—El hombre ha robado unos documentos con el trozo de clave que le falta, pero tardará un poco en descifrarlo —la voz del hombre se entrecortaba con una respiración cada vez más trabajosa—. Vaya a la Iglesia de la Purísima y dígale al Padre Rigoberto que la reliquia está en peligro; él sabrá qué hacer. 

—Tranquilo, en cuanto le estabilicen, usted…

Diana se interrumpió al ver que el hombre ya no respiraba. «¿Una clave? ¿Una reliquia? ¿Era la pista que necesitaba para que su caso por fin tuviera sentido?». Diana sacudió la cabeza y se arrepintió al instante, cuando un mareo casi la hizo caer. 

«Daré mi declaración, iré a por mi placa y el arma y visitaré esa iglesia». 

Salió de la parroquia y se acercó a Arancha, justo cuando llegaban la ambulancia y otro coche de policía. 

—Guapa, me temo que nuestra noche de pasión va a tener que esperar a otro día. ¿Me das tu número?


Este era el ejercicio de la semana 16 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 en el que teníamos que practicar dos finales, uno más abierto (el que continuará en mi relato largo y otro más cerrado). En este caso he decidido compartir arriba todo el relato y ahora aquí os dejo el final falso que hice para el ejercicio (el punto de divergencia es en el diálogo de «Tranquilo, soy policía».

por McAllus

Soy Isaías, conocido en redes como McAllus. Jugador de rol, juegos de mesa y videojuegos. Adoro leer y escribir.