A veces la veía en los rostros de otros. No era un parecido. Era algo más preciso. La forma de inclinar la cabeza, la curva exacta de una sonrisa. Gestos familiares que dolían al reconocerlos.
Al principio cerraba los ojos.
Cuando empecé a fijarme, pude ver que algunos desconocidos me miraban durante un segundo de más. Me fijé en ciertas expresiones que aparecían y desaparecían, como si alguien las estuviera probando.
Todo cambió cuando uno de ellos me habló. No dijo nada especial, una trivialidad. Pero era una frase que nadie más conocía. Aquello que nos había ocurrido años atrás.
Me quedé paralizado. El desconocido siguió su camino sin mirarme de nuevo.
Durante un tiempo pensé que la estaba recordando. Ahora sé que, de alguna manera, no se ha ido.
Este fue el relato que llevé la semana 24 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. La cita en la que me inspiré fue “Tal vez el pasado nunca haya terminado de pasar.” de Thomas Pynchon. Aunque realmente todo eso se basaba en un rostro fallecido que me pareció ver entre la multitud y un sueño con una chica con la que estuve.

