Después de cenar mi madre friega los platos y mi padre finge leer el periódico.
Yo busco una frase para decir en voz alta pero no la encuentro.
El reloj del pasillo marca los segundos, uno detrás de otro, como gotas de agua contra la piedra.
Nadie habla. Nunca hablamos.
Y, sin embargo, a veces tengo la sensación de que el silencio no viene de nosotros sino de alguiensentado a nuestro lado, escuchándonos.
Esperando que pregunte por qué mi madre no parece darse cuenta del cuarto plato que coloca en la mesa.
