La imagen es un póster con un fondo blanco. En la parte superior, varias nubes de color azul claro flotan en el cielo. Entre y alrededor de estas nubes, hay muchos libros abiertos de tapas claras que parecen volar o levitar, evocando la idea de la imaginación y las ideas volando. En el centro de la imagen, en letras grandes y cursivas de color verde azulado, se lee 'Taller de escritura creativa'. Debajo, en letras más pequeñas y negras, se indica 'Coordina: Laura Santiago Díaz'. También hay un libro abierto en la esquina inferior izquierda, reforzando el tema de la lectura y la escritura.

—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa. 

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar. 

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento. 

—Sí, maestra. 

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad. 

Robin tragó saliva. 

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta. 

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza. 

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta. 

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera. 

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje. 

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche. 

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor. 

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas. 

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar. 

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural. 

—¡No! —gritó la anciana. 

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco. 

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro. 

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo. 

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua. 

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos. 

—Lo siento por tus compañeros. 

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo. 

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella. 

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia. 

—Tengo que encontrarla. 

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho. 

El enano rió. 

—Yo sobreviví, a ti te rescaté. 

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda. 

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.

por McAllus

Soy Isaías, conocido en redes como McAllus. Jugador de rol, juegos de mesa y videojuegos. Adoro leer y escribir.