El último viernes de mi padre en la Tierra, elegí no ir verle al hospital. Durante dos semanas había ido después de trabajar y hasta la noche, para que mi madre y mi hermana descansaran.
Mi hermana me dijo que ya no iban a salir del hospital ninguna de las dos porque mi padre no volvería a casa. Ya me había despedido de él el lunes o el martes, la última vez que pareció consciente.
Murió a la mañana siguiente, sobre las ocho. Minutos después una llamada de mi hermana me despertó. Me levanté, atendí las necesidades de mis gatas y fui a reunirme con mi cuñado para ir en su coche.
Me encargué de todo el papeleo y de hablar con la mutua. Mi madre y mi hermana no estaban en condiciones para ello. El sábado por la tarde y el domingo los pasé recibiendo el pésame, besos, abrazos y palabras de ánimo de familia a la que hacía años que no veía.
Hubo una misa sin alma el domingo, poco después de comer. Fui a recoger las cenizas con mi hermana y su novio un par de días después. La urna sigue en el mueble del salón de mi madre. No he preguntado qué piensa hacer con ellas.
Este fue el ejercicio para la semana 17 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso debíamos homenajear a Annie Ernaux y practicar la autoficción (escritura del yo), procurando no embellecer la memoria, sino examinarla.

