Condenado (Todo alumno supera al maestro parte 2)

Stefan corría todo lo que le permitía su servoarmadura seguido por su escolta de guardias inquisitoriales. Acababa de llegar al campamento imperial donde estaban reorganizándose para embarcar hacia el próximo mundo que debían limpiar de la mancha del caos.

Mientas se acercaba a la tienda de mando del joven inquisidor pensaba en como Galvanus le había decepcionado y como todo parecía apuntar a que Tzeentch se saldría con la suya. Él que usaba al caos contra el caos, o al menos eso había creído siempre, había querido usar al elegido de Tzeetnch contra él pero de alguna manera Galvanus siempre había resistido el adoctrinamiento que él había intentado darle. Un día parecí escucharle y al siguiente estaba de nuevo envenenado por las palabras del oscuro Dios.

Debería haberle entregado a la Inquisición pero siempre tuvo miedo de que eso fuera lo que quería Tzeentch y por eso siempre esperaba lograr la redención del muchacho, pero se acabó ahora haría lo que debió hacer el mismo día en que el señor de la transformación le entregó al chico.

Tendría que se rápido, Galvanus tenía muchos aliados, aunque por suerte en ese campamento él tenía a un regimiento de guardias imperiales que le era fiel y que ya estaban informados de lo que allí ocurriría.

Cuando llegó al centro del campamento vio algo que le desanimó Galvanus charlaba con un enorme capitán del Adeptus Astartes, eran Guardianes del Cometa; un capítulo que siempre se había negado a trabajar directamente con la Inquisición y que ahora estaba con Galvanus, ¿cómo era posible? ¿estaba el capítulo corrupto? ¿los habría engañado Galvanus con su palabrería?

Stefan dudó unos instantes sobre si debía denunciar a Galvanus teniendo a un posible aliado tan poderoso, pero ya era tarde, Galvanus le había visto y le saludó con una sonrisa torcida. Le dijo algo al marine y se comenzó a acercar a Stefan. El marine se marchó.
Stefan suspiró tranquilo, por lo menos si desembocaba en un combate el marine no estaría allí.

– Saludos maestro – dijo Galvanus mostrando el falso respeto que siempre mostraba en público – ¿que alegría verle por aquí? ¿Significa que nos han destinado a la misma ofensiva?

– No, Galvanus – respondió Stefan – He venido aquí para juzgar un caso de herejía.

– ¿Herejía aquí? – preguntó Galvanus que se puso muy tenso al no poder acceder a la mente de su maestro debido a todas las protecciones que tenía puestas.

– Sabes bien a que me refiero, Galvanus. Te pedí montones de veces que te alejaras del camino que estabas tomando, te pedí que empleases el caos solo para investigar y averiguar como volverlo contra si mismo – dijo Stefan con la voz llena de pesar, hizo una breve pausa y continuó – esperaba poder salvarte como ya hice con otros extremistas que estuvieron a punto de pasarse la línea de la corrupción, pero fui un ingenuo, supuse que podría quitarle su elegido a Tzeentch.

Stefan desenfundó su pistola de plasma y apuntó a Galvanus.

– Por eso la Inquisición te condena a muerte – dijo Stefan abriendo fuego a la vez que sus hombres con sus rifles infiernos y de plasma.

Los impactos comenzaron a llover sobre Galvanus. Enseguida toda la zona se llenó de Guardias imperiales fieles a Stefan y de guardia inquisitorial y algunos marines de los Guardianes del Cometa fieles a Galvanus.

Cuando se despejó el humo de los impactos sobre Galvanus, el cuerpo del inquisidor estaba tirado en el suelo aunque obviamente se había protegido de alguna manera porque debería estar vaporizado por tantos impactos de láser y plasma.

Antes de que Stefan pudiera dar orden de disparar de nuevo una ráfaga de bolter impactó contra su servoarmadura.

Aléjate de él, traidor – chillo un sargento marine.

– Si defendéis a este hombre después de vuestras continuas negaciones a trabajar con la Inquisición es porque vosotros también sois traidores – fue la replica de Stefan a la vez que volaba la cabeza descubierta del marine de un certero tiro de plasma.

Las tropas de Stefan eran más numerosas, sin embargo, Galvanus tenía dos escuadras de marines espaciales y eso podía suponer una dura oposición.
No hubo más tiempo para dudar, los marines abrieron fuego a la vez que los hombres de Galvanus y los suyos propios. Stefan avanzaba entre los hombres abriéndose paso para llegar a Galvanus a base de plasma y hacha de energía. Cuando logró llegar al lado de su discípulo este ya estaba incorporándose.

Stefan puso la pistola en la cara de Galvanus.

– Podías haber sido mi mejor alumno, ahora despídet…

Stefan nunca terminó la frase ni apretó el gatillo pues su frase fue cortado por un grito de dolor al perder su mano derecha de un corte perfecto de una asesina callidus. Tenía la impresión de que era la asesina que él ordenó que vigilase todas las acciones de Galvanus.

– Stefan has sido un gran maestro, debo reconocer que sin tu adiestramiento probablemente nunca habría podido estar listo para mi papel en los planes de Tzeentch – dijo Galvanus – Ojalá hubieras aceptado las bendiciones del caos como un regalo y no una maldición contra la que luchar, podríamos haber sido imparables juntos.

Stefan se recompuso del dolor y se enderezó cual alto era.

– Nunca – exclamó y lanzó un descarga psíquica contra Galvanus que logró resistir aunque con cierto esfuerzo.

– Ahora me toca a mi, maestro

Galvanus comenzó a concentrar sus energías pero antes de lanzarlas contra el herido inquisidor una ráfaga de disparos le obligó a levantar un escudo psíquico.

– Corra Inquisidor – gritó su fiel Sargento – Debe vivir para informar de esto.

Stefan sabía ahora que no debió venir sin avisar a nadie, solo la inquisidora Rianna que estaba en los planetas gemelos sabía donde estaba él y porque; así que Stefan hizo lo único lógico, huyó.

La callidus dio cuenta de la escuadra que había salvado a Stefan y se empezó a dirigir a por el inquisidor en retirada.

– ¡Déjale ir, Tai! – gritó Galvanus – Es mi deseo que viva un poco más.

– Pero amo – replicó la Callidus – Él lo sabe todo sobre vos.

– Nadie creerá en la palabra de un loco extremista – dijo Galvanus girándose hacia el combate que seguía a su alrededor – Vamos, tenemos que terminar con sus aliados.

CONTINUARÁ…

Nuevos aliados (todo alumno supera al maestro parte 1)

Galvanus estaba en su recién asignada nave insignia, La hija de las estrellas. El crucero era una de las naves más nuevas que poseía la Inquisición. Le había sido dada debido a su enorme poder y por ser alumno del Gran Inquisidor Stefan. Galvanus acababa cumplir 22 años y como regalo había sido nombrado Inquisidor de pleno derecho.

El entrenamiento había sido muy duro, Stefan siempre le ponía a prueba al límite como si quisiera acabar con él. Siempre le adoctrinaba en las virtudes del Imperio y en la adoración del Dios-Emperador. Nunca le creyó. Stefan era un hipócrita estaba marcado por el Dios Tzeentch y usaba el poder del Caos aunque fuera a favor del Imperio. La humanidad era débil y su Emperador solo se mantenía vivo gracias al sacrificio de 1000 almas diarias al trono dorado donde estaba enchufado, como podían llamar Dios a esa criatura patética y moribunda. Galvanus nunca perdió la fe en Tzeentch, es más, cuanto más viajaba con su maestro más claro tenía que el Imperio era patético y solo el Caos podía hacer que la humanidad fuera gloriosa, solo el Caos merecía gobernar el universo y él sería uno de sus generales dentro del Imperio.

Galvanus llegó a la sala de observación, el único gusto y placer que compartía con su maestro. Ver las estrellas y sobre todo ver la disformidad una vez la nave entraba en ella para viajar por el espacio. Allí se sentía unido a su Dios. Galvanus dio orden de que nadie entrara y dos guardias se quedaron vigilando que así fuera.
Cuando apenas llevaban unos instantes desde que entraron en la disformidad, una familiar presencia apareció a su lado. Era Silen, el demonio cuervo.

– Enhorabuena Galvanus – dijo Silen – No solo te han nombrado inquisidor si no que te han dado recursos que otros inquisidores tardan años en conseguir, tener un maestro influyente ayuda, ¿verdad?

Galvanus miró al demonio con desprecio.

– Me lo he ganado con mi poder – dijo – Que mi maestro sea un Gran Inquisidor al frente de esta campaña militar no hace más que acelerar lo que tendría de todas formas en poco tiempo.

– El poder de Tzeentch querrás decir – replicó el demonio.

– El poder de Tzeentch, si – dijo Galvanus girándose hacia el demonio con los ojos en llamas de color morado – Poder que cualquier mente no podría manejar, solo la mía.

El demonio cayó al suelo de rodillas retorciéndose por el dolor.

– Ya no eres superior a mi Heraldo – dijo Galvanus – Para mi solo eres un simple mensajero de mi señor Axtian.

Silen se incorporó mirándole con odio.

– Humano, estoy débil por haber tenido que atravesar los escudos de tu nave y haberme hecho físico aquí dentro – dijo – Pero ten cuidado porque cuando no seas útil para mi señor yo mismo te mataré.

Galvanus se rió a carcajadas.

– Lo que tu digas, mensajero demoníaco – dijo con sorna – ¿Qué quiere Axtian de mi?

– Quiere que vayas a un planeta de camino a tu destino para reunirte con un grupo de marines espaciales que serán tus tropas junto a las que ya te ha asignado la inquisición – respondió a regañadientes Silen – Son los supervivientes del capítulo Guardianes del Cometa, también conocerás a un apostol de los tiempos de la Herejía de Horus.

– Estupendo – fue la respuesta de Galvanus

**

El planeta Subian era un lugar un poco árido debido a las forjas que los Tecnosacerdotes de Marte tenían allí. La contaminación era letal para un humano si iba sin protección. Galvanus se sentía incómodo teniendo que llevar el casco de su servoarmadura, a él le gustaba ir con la cara descubierta siempre, incluso en batalla. Iban con él su pelotón leal de corruptas tropas inquisitoriales, ellos estaban tan manchados como él y sabían que no habría redención para ellos por lo que nunca confesarían, al igual que todos los conductores de los chimeras. En total el séquito estaba compuesto por 5 chimeras con una escuadra de guardias inquisitoriales en cada uno y un Land Raider, la joya de todos los regalos recibidos gracias a su maestro Stefan, donde iban él y la escuadra de mando del teniente Anton Filedi.

Llegaron a las coordenadas donde estaban citados y allí les esperaban 5 marines espaciales delante de un rhino y una moticicleta. Cuatro de los marines llevaban las armaduras normales y reglamentarias que usaban los marines de los capítulos del Imperio pero en cambio el que estaba en cabeza llevaba una armadura de diseño antiguo muy ornamentada y llena de runas del caos. Podía distinguir también la simbología de la legión traidora Portadores de la Palabra.

El séquito se detuvo y todos desembarcaron pero solo Galvanus se acercó a los marines.

– Tú debes de ser el Apostol Oscuro Evans – afirmó Galvanus.

– Así es inquisidor – respondió él portador de la palabra – Yo soy el que debe ayudarte a ponerte en la posición en la que puedas servir correctamente a los planes de tu Dios.

– ¿Mi Dios? Querrás decir nuestro Dios…

– Humano – interrumpió Evans – Yo adoro a todos los dioses del Caos, aunque desde hace unos años por orden de mi señor trabajo especificamente para el Señor de la Transformación Axtian y por tanto para Tzeentch.

– Entiendo – dijo Galvanus – Supongo que esos marines son los miembros del capítulo Guardianes del Cometa, ¿no?

– Así es – respondió Evans – Son completamente leales al Caos pero la mayoría aún está libre de la marca del caos así que pueden seguir infiltrados en el Imperio, conforme pasan a adorar más al Caos o a algún Dios y son marcados los pongo a trabajar para mi lejos de los ojos del Imperio, pero mientras te servirán bien.

– Me imagino que debería avisarte si alguno sufre mutaciones…

– No – dijo Evans – Los capellanes y bibliotecarios de su capítulo se encargarán de eso. Tú y yo no debemos tener más contacto que el estrictamente necesario. Es vital que permanezcas lo más limpio posible si se descubriera la corrupción del capítulo.

– Bien – afirmó Galvanus con los ojos brillando de alegría por tener a marines sirviéndole – Preséntame a mis tropas.

– A tus aliados, Galvanus – le corrigió Evans – No te consideres mejor que ellos.

Galvanus torció la boca y Evans añadió.

– Aunque te consideres mejor que nosotros – dijo – Será mejor que no sepamos que piensas eso… por tu bien.

Galvanus asintió.

Evans y Galvanus caminaron hacia los 4 marines de armadura color fuego.

– Inquisidor Galvanus te presento a tus nuevos aliados – dijo Evans – Estos son: el Señor del Capítulo Aaron, el bibliotecario jefe Ciro, el capellán castigador Edith y el capitán de la segunda compañía Fulvio.

Galvanus se tomó unos instantes en examinar a los cuatro marines. Aaron llevaba su larga melena pelirroja sujeta por una coleta, sus rasgos eran duros, el ojo izquierdo era un implante biónico y Galvanus tuvo la impresión de que no era la única parte artificial, el otro ojo era verde y brillaba con malicia; Ciro era quizás el más pequeño de los 4 aunque superando ampliamente los dos metros, sus pelo estaba rapado corto y era de color blanco, sus ojos eran grises y estaban como apagados, Galvanus comprendió que era ciego pero que no necesitaba sus ojos para ver; Edith era el más extraño de los 4, llevaba su cabeza rapada completamente y su rostro tatuados de color fuego como su armadura, sus ojos azules contrastaban enormemente con este color y ardían con el celo de la fe, aunque Galvanus tenía claro que no en el Emperador; el que parecía un marine más como otro cualquiera era Fulvio, su pelo también era pelirrojo pero lo llevaba casi tan corto como el bibliotecario, viéndoles entedía porque esos marines podían seguir infiltrados en el Imperio.

– Es un placer y un honor tener la ocasión de colaborar con vosotros – dijo Galvanus cortesmente pues sabía cuanto disfrutaban los marines de ser alavados como dioses – Espero que nuestra colaboración traiga enormes éxitos al todopoderoso Tzeentch.

– El placer será mutuo si demuestras el potencial que asegura el Apóstol – respondió Aaron con una leve inclinación de cabeza.

CONTINUARÁ…

El Camino de Tzeentch

Galvanus tenía 7 años, vivía en el planeta Mimen. Era un joven delgado y siempre había sido enfermizo desde pequeño. Su pelo era blanco y sus ojos celestes tenían una inquietante tonalidad púrpura. Los demás niños siempre le dejaban de lado en el mejor de los casos o le maltrataban en el peor. Además, desde hacía 2 semanas tenía horribles pesadillas todas las noches. Ahora estaba en la más intensa que había tenido nunca.

Estaba en un mundo en guerra, devastado por la lucha de varios ejércitos de diferentes razas, razas de las que él jamás había oído hablar, luchando contra los valientes marines espaciales del emperador, la guardia imperial y la inquisición; los alienígenes eran verdes y brutalmente musculosos, otros eran gráciles y de aspecto bello; otros parecían esqueletos de metal; pero los más horribles de todos eran los marines espaciales deformados y llenos de mutaciones que iban acompañados de criaturas de pesadillas. Lo peor de todo era que Galvanus pudo verse a si mismo de adulto dirigiendo a ese ejército horrible; seguía siendo delgado, pero su aspecto enfermizo había desaparecido, su pelo blanco le llegaba hasta el final de la espalda y sus ojos eran completamente púrpuras sin tonalidades azules. Todos parecían luchar para llegar los primeros a una extraña construcción en el centro del planeta.

El niño Galvanus observaba eso y no se dio cuenta de la extraña figura que se acercaba a él, era una criatura de más de 3 metros con alas emplumadas y cara de cuervo. Conforme se aproximaba más al niño cambió de forma hasta convertirse en un anciano de aspecto adorable.

– ¿Qué haces aquí, Gal? – preguntó poniendo una mano en el hombre del niño.

El niño se giró sorprendido y cuando vio al anciano que era su difunto abuelo tembló y le abrazó.

– Abuelo, no entiendo que pasa – dijo el niño llorando – llevo días y días con sueños como este, aunque nunca había visto a todos estos ejércitos juntos y luchando tan salvajemente.

– Querido niño – dijo el abuelo con voz tierna acariciando los cabellos de Galvanus – Esto es un sueño del futuro, algo que está por ocurrir y en el que tú tendrás un gran papel.

– Pero yo no estoy del lado de nuestro Sagrado Imperio…

– Gal, aprenderás, al igual que yo, que el Imperio no es tan Sagrado, Puro y Justo como crees – replicó el abuelo – Pronto vendrá alguien a recogerte y encargarse de ti, pero antes deberás hacer un trabajo para el auténtico Dios al que debes servir.

Galvanus le miró expectante a la par que asustado pues su abuelo le estaba diciendo que todo en lo que le habían hecho creer desde que tenía uso de razón era falso; pero por otro lado su abuelo era sabio, nunca se equivocaba

– ¿Qué debo hacer, abuelo? – preguntó el niño obedientemente.

– Deja que este humilde servidor de Tzeentch entre en ti…

Galvanus simplemente asintió…

**

Había una visita imperial de la inquisición en el planeta Mimen, se encontraban de paso hacia una campaña en un sistema vecino e iban a recoger suministros.

El Inquisidor Stefan era un hombre que aparentaba cerca de 36 años pero en realidad rondaba los 70, estaba completamente calvo, su mirada era difícil de soportar pues uno de sus ojos era un cristal que brillaba con extraño color mientras que el otro solo reflejaba odio, no era precisamente querido ni siquiera en la misma inquisición donde había delatado a una enorme cantidad de inquisidores extremistas (y a algunos puristas que sabían demasiado sobre él). Estaba observando desde los aposentos que le habían cedido en la torre del gobernador planetario la colmena que se extendía a sus pies. Veía las almas de todas y cada una de las personas que caminaban por la ciudad y pensaba en lo tranquila de sus vidas solo preocupadas por ir a trabajar, comer, dormir y estar con sus seres queridos. Él nunca había conocido eso, desde joven había sido un psíquico con un gran pontencial, pronto las arcas negras le encontraron y aún más pronto la Inquisición paso a encargarse de su educación.

Stefan hacia años que había superado a todos sus maestros y pocos inquisidores estaban por encima de él en poder aunque si en posición. Su celo y su facilidad para triunfar ante verdaderas adversidades le habían hecho ganarse el respeto de una parte influyente de la inquisición. Aún recordaba como perdió su ojo y como lo reemplazó con aquel cristal que encontró en lo más profundo de las cámaras de la Inquisición. Y sobre todo recordaba cuando mató al primer inquisidor corrompido, por aquel entonces no sabía que podía atraer a un inquisidor a apartarse del lado del Emperador. Ahora 30 años después lo entendía, ahora sabía que el humano normal estaba limitado y si querían romperse esas barreras, convertirse en un verdadero ser capaz de hacer frente a las amenazas que se cernían sobre el imperio, tenía que pactar pero debía mantenerse firme y no ceder porque sabía que cuando cediera sería una de las mayores amenazas a las que el imperio se habría enfrentado, igual que casi lo fue su difunto maestro… si él no le hubiera descubierto y destruido en secreto todo podría haberse ido al traste.

En esos oscuros pensamientos andaba perdido el inquisidor cuando llamaron a la puerta y el sargento Roger entró por la puerta tras unos instantes prudenciales.

– Señor, es la hora – dijo el pequeño sargento de ojos apagados, mirada triste, piel pálida y cabello oscuro – La recepción comienza dentro de una hora y tenemos que trasladarnos al congreso.

– Bien sargento – dijo Stefan yendo a por su capa – No hagamos esperar a la burocracia imperial.

**

El Capitán Sagim de la segunda compañía de los Ángeles del Justo Castigo lo sabía bien. Sagim era un marine de 2,15 metros con una larga melena negra, unos ojos marrones duros como el acero y un rostro lleno de cicatrices fruto de sus más de 150 años al servicio de su capítulo miró al humano de apenas metro sesenta que se había encontrado mientras iba hacia la recepción desde donde le había dejado la limusina: era el Comisario Gregor Morris todo un veterano de 40 años que servía en la guardia imperial desde que tenía 17 años, su rostro jovial, su pelo rubio y su mirada azul serena y alegre hacían que muchas personas le sobrevaloraran y pensaran que no valía para comisario pero todos se equivocaban como bien sabía Sagim que había visto como ese humano mataba a más de 40 termagantes él solo sin apenas sufrir daño y encima ejecutaba sin piedad a todos los soldados que habían intentado huir. Era uno de los pocos humanos con los que había luchado y que podía decirse que se había ganado su respeto.

El comisario iba acompañado de un coronel como podía deducirse de los galones del uniforme de gala. El coronel debía ser un poco más joven que el comisario aunque no mucho más. Tenía un pelo castaño/rojizo casi rapado al cero y una espesa barba rojiza con algunas canas, era más imponente que el comisario pues medía casi un metro ochenta y tenía una enorme musculatura.

– Buenas tardes Capitán Sagim – dijo el comisario saludándole militarmente y luego estrechando la mano que el gigante marine le ofreció tras responder a su saludo – Es una agradable sorpresa volver a encontrarnos y esta vez en mejores circunstancias que la última.

El Capitán sonrió, Gregor siempre era educado y estaba alegre incluso en mitad de la batalla donde mataba y cumplía con su deber con jovialidad, como si fuera algo natural.

– Déjeme que le presente al oficial del primer regimiento de Austral, al cual me han asignado recientemente – continuó hablando Gregor – Es el coronel Jose Spar, un buen oficial aunque aún un poco verde puesto que este regimiento nunca ha entrado en combate.

– Es un placer conocer a poderoso Astartes – dijo el coronel saludando militarmente y extendiendo la mano como hizo el comisario.

Sagim miró al novato coronel y puso cara seria.

– Si, debe ser un placer – dijo Sagim dándole la espalda y continuando su camino – Cuando demuestres tu valía en combate quizás lo se para mi.

– Coronel, debe entender que los Adeptus Astartes son poderosos y orgullosos guerreros – dijo Gregor al ver la cara de rabia del oficial – Debe ganarse su respeto en combate para que le respeten a usted.

El coronel asintió.

– Adelántese con el Capitán Sagim, comisario – dijo – Yo esperaré a mis capitanes.

El comisario asintió agradecido y con una breve carrera alcanzó al capitán marine que se había reunido con su bibliotecario y su escuadra de honor.

– Bibliotecario Termanus que alegría volver a verle – dijo Gregor.

El bibliotecario le debía la vida al comisario y sonrió.

– La alegría es mía – dijo el psíquico – Me alegra saber que sigue sirviendo al imperio, espero algún día poder devolverle mi deuda.

– Bueno, yo espero que no tenga ocasión – dijo el comisario riendo – preferiría no tener que verme entre las garras de un carnifex.

El psíquico y el capitán rieron pues eran los únicos que conocían la historia completa, la escuadra de honor simplemente sonrió.

– Tiene razón, comisario. Espero que no nos veamos de nuevo en esa situación.

Los dos marines y el pequeño comisario hablaron de todo lo que habían hecho en los años transcurridos desde su encuentro mientras continuaban hacia el interior del palacio seguidos de la escuadra del capitán.

**

Stefan llegó a la recepción, se encontraba un tanto nervioso, sabía que iba a ocurrir algo grande aunque no tenía muy claro lo que era ese algo. Odiaba cuando su oscuro tarot no le decía nada, ¿Por que Tzeentch había decidido no comunicarse con él ese día? Estaba preocupado porque sabía que un par de compañías marines espaciales especialmente devotos se encontraban en ese planeta y eso siempre le ponía nervioso, la devoción podía sacar a la luz su oscuro pacto que le condenaría para siempre estropeando su labor por el bien del Imperio.

La recepción comenzó cuando se instalaron los marines espaciales y la guardia imperial que también estaba de paso para seguir junto con él hacia el frente en guerra que habían abierto los malditos Tau. Aunque él estaba allí para otra cosa más importante, algo vital para entender las invocaciones de demonios que los traidores llevaban a cabo en batalla, el artefacto que Tzeentch le había enseñado en sueños le permitiría idear alguna forma de detener esas invocaciones.

Mientras él estaba con sus pensamientos la recepción comenzó y cuando le tocaba levantarse para hablar a él anunciado por el gobernador planetario, la puerta estalló y la realidad parecía como si se rasgase abriendo un agujero a un mundo de pesadillas. Stefan sabía que lugar era ese: el Empíreo, la disformidad y sabía lo único que podía salir de allí. Parecía que por eso Tzeentch había callado, porque tenía preparada una fiesta para esa noche de la que no quería que él se enterase.

Hordas de demonios comenzaron a escapar de la grieta, eran criaturas de pesadilla, Stefan había luchado contra cientos de demonios diferentes pero siempre se encontraba con alguna variedad de forma nueva en cada batalla. En este caso los monstruos eran quizás lo más raro que había visto nunca, no le cabía duda de que eran siervos de Tzeentch. En segundos sus guardia, a la que tanto trabajo le costó lograr que le dejaran colocar en la sala, le habían rodeado y tenían sus rifles láser modelo infierno apuntando contra los demonios.

– ¿Disparamos señor? – preguntó el Sargento Roger siempre diligente pero sabiedo que esas criaturas bien podían ser aliadas de su señor.

– A mi nadie me dijo que estos monstruos estuvieran invitados – dijo Stefan furioso – Así que abran fuego.

El fuego láser inundó la sala y los demonios más débiles comenzaron a explotar. Stefan descargó sus rayos psíquicos contra las hordas que intentaban acercarse a ellos. El Gobernador planetario y sus políticos estaban escondidos detrás de ellos, la guardia de palacio disparaba de forma automática aunque estaban temblando por el horror y apenas acertaban algunos disparos.

Stefan podía escuchas disparos de bolter y sentía a otro psíquico cerca.

Sargento, ¿había marines espaciales en la recepción?; preguntó directamente entrando a la mente del suboficial.

Si señor; fue el único pensamiento de Roger.

Stefan sabía cuanto odiaba el sargento esa comunicación así que para no estropear su labor para la siguiente orden usó la radio de uno de sus soldados muerto a su lado.

– Debemos encontrar a esos marines – dijo Stefan – Es nuestra mejor opción para sobrevivir en esta situación, además, tienen a un psíquico.

– Como ordene, Inquisidor – respondió Roger y abriendo la línea para sus hombres dijo – Atención escuadra preparados para…

El Sargento Roger se quedó sin palabras, solo una vez antes había visto algo tan grande y recordaba como esa cosa destrozó a más de 100 soldados imperiales antes de que Stefan y los antiguos caballeros grises con los que ya no trabajaban los destrozaran. Si bien eran diferentes el de sus recuerdos era rojo, tenía alas de murciélago, un cuerpo repleto de músculos y cara de perro rabioso, portaba un hacha y un látigo de fuego. Este era delgado y estilizado, su cabeza era de pájaro y las alas de una hermosa mezcla de colores que resultaba hipnótica. Portaba un báculo sobre el que se apoyaba al andar como si fuera viejo o tuviera problemas para caminar.

Stefan que tus hombres dejen de disparar o tendré que matarlos. Dijo la criatura directamente a la mente de Stefan.

– Alto el fuego – ordenó Stefan inmediatamente a su escuadra por la frecuencia privada. Los soldados se detuvieron inmediatamente con cierto temor pero los demonios ignoraban al inquisidor y su escuadra, solo se preocupaban de los otros soldados.

El Señor de la transformación avanzó hacia ellos y pudieron ver que detrás de él, medio escondido tras su pierna había un niño.

Cuando estaba cerca de ellos habló solo para la mente de Stefan.

– Este es mi nieto Stefan – dijo el demonio con una especie de mueca/sonrisa de orgullo – Está destinado a ser un gran psíquico y quiero que le protejas y entrenes personalmente.

Yo uso el poder de tu señor pero no le sirvo – dijo Stefan lleno de ira – No soy ningún títere a su servicio.

Eres un títere de mi señor como lo somos todos en este universo – afirmó el Señor de la Transformación – Lo eres desde que aceptaste su marca, él solo te pide que entrenes a este chico y a cambio de te dejará seguir usando sus bendiciones para servir a tu patético Imperio.

Stefan estaba dudando, no sabía si en verdad Tzeentch podía retirarle su bendición.

Piénsalo rápido porque nos acaban de ver y eso puede ser tu final…

**

El comisario Gregor y el coronel Spar disparaban sus armas láser contra los demonios acompañados de un grupo de soldados de la guardia del gobernador que se les habían unido más por miedo al comisario que por querer luchar. El comisario tenía que reconocer que dada las circunstancias tanto el coronel, que nunca había luchado contra el caos, como los soldados, que probablemente jamás habían entrado en combate lo hacían bastante bien.

Gregor llevaba su espada de energía y su pistola bolter que había logrado pasar gracias a su estatus, el coronel llevaba una pistola de plasma que el sagrado emperador sabría como había logrado colar ese sinvergüenza a través de los controles de seguridad, además, había cogido una espada sierra de uno de los soldados muertos.

Por lo menos dos docenas de demonios con forma de tarta pusieron sus ojos en ellos y corrieron hacia su posición, estaban perdidos si no los mataban antes entrar en combate cuerpo a cuerpo pero no tenían efectivos suficiente para pararlos. Cuando ya parecía inevitable la entrada en combate cuerpo a cuerpo los demonios empezaron a explotar por disparos provenientes de la izquierda. Allí estaban los marines espaciales del Capitán Sagim equipados con pistolas boltes y espadas sierras los marines normales, un báculo de crepitante energía el bibliotecario Termanus y con una hermosa espada de energía y una pistola bolter el capitán.

– Me alegra verles Capitán – gritó Gregor con una enorme carcajada – ¿Cree que podemos unirnos para terminar con estos invitados inesperados?

– Por supuesto viejo amigo – dijo Sagim sonriendo ante el humor del comisario.

Los marines, los dos guardias imperiales y la guardia de palacio avanzaron disparando y arrasando contra todos los demonios de la sala hasta llegar a la parte delantera donde vieron al Inquisidor, que iba a ser una de las personas al mando en la próxima campaña, junto a un gran demonio del caos. Estaban parados frente a frente como retándose y entonces el Inquisidor concentró entre sus manos una enorme cantidad de energía psíquica y la lanzó contra el demonio que interpuso el báculo ante el rayo y durante unos instantes lo mantuvo quieto ahí pero entonces comenzó a retroceder empujado por el rayo hacia el agujero de la realidad. Las tropas inquisitoriales comenzaron a disparar a todos los demonios que les rodeban.

– Ayudemos al Inquisidor – ordenó Sagim – Corred y disparad a todo lo que no sea mortal.

El Señor de la Transformación rugió de rabia cuando el Termanus lanzó su propia descarga psíquica contra él acabando por entrar al portal que se cerró a su paso. Los pocos demonios que quedaban fueron rápidamente erradicados.

Los supervivientes se reunieron tras la limpieza. El Inquisidor fue el primero en hablar.
– Gracias por vuestra ayuda, marines y guardias – dijo – La Inquisición ha mandado varias naves para verificar que todos estamos limpios de la marca del caos y los que así lo estemos abandonaremos el planeta para seguir nuestra campaña contra la herejía que para eso habíamos venido a coger fuerzas aquí, lástima que las hayamos perdido en vez de ganarlas.

– Tampoco ha sido tan grave – dijo el Coronel – Solo las fuerzas de defensa planetaria han sufrido algún daño, las tropas de ataque estamos intactos.

El Inquisidor miró con prepotencia al coronel.

– Usted es joven todavía, coronel, me atrevería a decir que es la primera vez que lucha contra la abominación del Caos. – dijo el Inquisidor – Este planeta está manchado y debe ser purificado.

El Inquisidor se giró y se marchó sin decir nada más.

– ¿Qué ha querido decir? – preguntó Spar en voz alta.

– Este planeta está condenado – dijo Termanus – Las naves inquisitoriales no están aquí simplemente para ver si el personal está limpio, están aquí para ordenar un exterminatum.

– ¡¿Van a destruir el planeta?! – exclamó asombrado el coronel.

– Así es – respondió Termanus – Este planeta no tiene nada de valor para el Imperio como para limpiarlo lentamente y vigilarlo para asegurarse que todo va bien. Es mejor destruirlo para siempre y olvidarse de él y de su gente

El coronel estaba blanco, no se creía que fueran a matar a más de tres mil millones de personas.

– Así actúa la Inquisición contra la herejía, coronel – dijo el comisario – Aprenderás la cantidad de crueldades que llevan a cabo por mantener puro al Imperio.

– Nunca nos han gustado los inquisidores pero su trabajo es necesario – dijo Sagim – Debe entenderlo, coronel.

El coronel simplemente asintió y se fue con los demás a la zona donde serían examinados por la inquisición.

**


Stefan miraba desde el puesto de observación de su nave, La Justicia Brillante mientras las naves de su flota bombardeaban el planeta. El Primer Regimiento de Austral y los Ángeles del Justo Castigo habían sido declarados limpios así que le acompañarían en la campaña. No sabía si alegrarse o no porque no estaba seguro de cuanto tiempo vieron que los demonios no les atacaban.

Galvanus, el niño que el Señor de la Transformación le había dejado a su cargo, era ahora su mayorpreocupación. Tzeentch había elegido a ese niño para sus malvados planes él debía buscar la forma de interponerse, ¿pero cómo? ¿Cómo lograr detener la voluntad de un Dios? Había pensado en matar al niño, ¿pero no habría previsto eso Tzeentch? ¿Sería la muerte del niño lo que quería el oscuro Dios? Quizás quisiera usarlo como puerta u objeto de invocación o mártir para sus fuerzas o cualquier cosa. Tratándose del dios de la manipulación y los engaños nunca podía saberse. Debía pensar algo y rápido, una vez empezada la campaña debería centrarse en eso y olvidar al niño.

**


Galvanus estaba sentado solo en la pequeña cama del camarote que el Inquisidor le había dado junto a sus habitaciones. Tenía prohíbido salir sin permiso de la habitación y una escuadra de guardias inquisitoriales vigilaban su puerta todo el tiempo.Estaba aburrido, asustado y enfadado. Su abuelo le dijo que ese hombre le guiaría por el camino del verdadero dios, Tzeentch.

Estaba buscando algo con lo que entretenerse cuando un chispa surgió delante de él, fue creciendo hasta que cogió forma humanoide. Tenía cara de cuervo y todo su cuerpo estaba emplumado en negro.

– ¿Te manda mi abuelo? – le preguntó el niño sin temor – ¿Vas a sacarme de aquí?

– Si y no, pequeño – dijo el hombre cuervo acariciando la cabeza del chico – Soy el heraldo Silen y aunque me manda tu abuelo, Axtian, no puedo sacarte de aquí.

Galvanus agachó la cabeza con lágrimas formándose en sus ojos.

– Estoy aquí para asegurarme de que entiendes la dura prueba que te espera – dijo Silen caminando despacio por la habitación – Stefan tratará de inculcarte fe en el Emperador y ponerte en contra de Tzeentch y sus tres hermanos pero tu debes tener fe en el Dios de tu abuelo y aprender de Stefan solo las técnicas de combate y sobre todo el uso de los poderes psíquicos. En ese aspecto Stefan es uno de los humanos más poderosos.

– Pero es malo – dijo el niño llorando – Echó al abuelo de mi lado.

– Si, pero lo hizo porque tu abuelo y él lo acordaron así para que Stefan pareciera que no servía a Tzeentch – el demonio hizo una pausa – Tú deberás tener fe en Tzeentch pero mentirle y fingir que eres devoto del Emperador ¿Lo entiendes?

Galvanus dudó mientras su mente de niño asimilaba lo que le decía Silen y finalmente asintió.

– Bien pequeño – dijo Silen – A mi puedes llamarme tío y debes ser fuerte por mi, por tu abuelo y sobre todo por Tzeentch. Cuando termine tu entrenamiento serás más poderoso que Stefan y acabarás con su vida por destruir tu planeta. Recuérdalo y supera todo lo que ese Inquisidor te haga.

El niño asintió resuelto esta vez y con los ojos lleno de esperanza al saber que se vengaría del Inquisidor.


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Stefan corría hacia las habitaciones de Galvanus, había sentido el poder psíquico que salía de allí. Menos mal que ningún otro inquisidor o psíquico a parte de sus acólitos viajaba en esa nave y que solo las tropas del pelotón de leales guardias vigilaban al niño.

Era la escuadra de Roger la que vigilaba al niño ahora mismo, dos acólitos de Stefan ya habían llegado y estaban esperando al Inquisidor.

– ¿Ha entrado alguien? – preguntó Stefan aunque sabía la respuesta.

– Por supuesto que no, Señor – respondió Roger.

– Preparar las armas y abrir fuego contra cualquier cosa que no sea el niño – ordenó el Inquisidor.

Stefan abrió la puerta con sus poderes y vieron la habitación vacía con únicamente el niño sentado en la cama y mirándoles con unos ojos tranquilos.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó Stefan a Galvanus irritado.

– Nada Inquisidor – dijo el niño tranquilo – Solo hablaba con mi tío Silen.

Un escalofrío recorrió la espalda de Stefan. Silen… Era el heraldo de Tzeentch con el que pactó para recibir la bendición del Dios, el siervo más poderoso del Señor de la transformación Axtian. La cosa iba era muy seria si se atrevía a manifestarse allí para hablar con el niño, ¿cuanto poder y favores habría tenido que sacrificar para entrar allí el maldito demonio?

– ¿Qué te ha dicho? – preguntó Stefan ahora con voz temblorosa.

– Que no me preocupe, que todo irá bien – respondió el niño.

Stefan le miró inseguro y se giró hacia Roger y los acólitos.

– Sargento quiero a uno de mis acólitos y a una escuadra entera en todo momento con el niño. Otro acólito y otra escuadra debe estar fuera – ordenó – Trasladarle a una habitación más grande para que todos quepan.

Stefan se marchó sin esperar la respuesta del sargento. Estaba verdaderamente asustado.